Rumiando Mentes

Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras

  • Preámbulo

    Las horas del reloj me señalan la salida.

    Apuntan hacia un norte que no quiero mirar.

    Cada minuto me aferra a ti,

    mientras en el coliseo de mi pecho

    se libra una batalla feroz:

    la paz contra el amor que me das.

    Presiento una despedida

    que nadie quiere pronunciar,

    pero que flota en el aire

    como la humedad que anuncia la tormenta.

    3:30

    y tengo todas las fibras hechas trizas,

    esperando…

    esperando si acaso esta será nuestra última conversación.

    Estoy invadida por emociones

    que creí haber desterrado de mi alma,

    sentimientos que juré dominar,

    y que hoy me tienen rendida.

    He cancelado mi rostro ante el mundo,

    porque no sé cómo explicar

    qué siento cuando estoy contigo,

    ni por qué me aferro

    a lo que a veces, para otros parece

    un espiral de autodestrucción.

    Suelto el control.

    Le cedo el volante a Dios,

    porque ya no estoy segura de nada.

    Porque dudo…

    de todo.

    Y aquí,

    esperando el veredicto final,

    me pregunto:

    ¿Tendremos el valor de apostarlo todo por esto?

    ¿O tomaremos el camino fácil,

    con la absurda esperanza

    de volver a encontrar una aguja en el pajar?

  • En par

    Tu existencia me siembra una duda:

    ¿Vinimos solos a esta tierra,

    o acaso el destino nos trajo en pares?

    Todo en ti y en mí es un vaivén de reflejos:

    un amor naciendo en manantiales secretos,

    y un temor… un temor al pensar en su sed.

    Tu sola presencia incendia mis ramas,

    pero es tu abrazo

    quien aquieta mis raíces.

    Eres campo fértil para mis sueños,

    aunque a veces,

    tu amor me llega como sequía.

    No importa en qué estación nos hallemos:

    tomarte de la mano…

    es suspender el tiempo,

    es ver cómo futuro y pasado

    se abrazan en un instante que huye.

    Yo, eterna nómada,

    hoy ansío habitar tu geografía.

    Tu existencia me devuelve la pregunta:

    ¿Venimos solos?

    ¿O siempre hemos sido

    dos mitades buscándose?

  • Dicotomía

    Dale gracias a tu acento,
    que me ancló en el limbo de la dicotomía:
    exudarte por los poros
    o empaparme de ti.

    Mis instintos intelectuales
    arañan la idea,
    pero al mismo tiempo
    me veo huyendo del hecho.
    Detrás del ritmo de tus palabras
    no logro descifrarte.

    ¿Debería soltarlo?
    ¿Es tan apremiante
    lo que hay al final del signo de interrogación,
    que vale el insomnio quedarme?

    Levantas más que el país.
    Levantas mis deseos más primigenios,
    incluso aquellos que rozan
    la filosofía no comprobada.

    La palabra no dicha
    me anida el cerebro,
    y hace de las suyas:
    proyecta una imagen
    de dos personas sin rostro.

    En este país de ideales partidos,
    los tuyos me abruman.
    Y me pregunto:
    ¿será suficiente el polvo
    que dejan nuestras conversaciones
    para volverse ceniza, chispa, llama?

    Veintiséis grados de alcohol
    y me doy cuenta:
    estoy coqueteando con la piromanía.
    ¿Cuáles son los límites de lo aceptable
    antes de que me quemen las yemas
    por recordar tus labios,
    tu lengua oscilando
    como péndulo?

    La dicotomía:
    ¿sentir la nada y dejarlo todo,
    o sentirlo todo
    y dejarte sin nada?

    Dale gracias a tus manos nobles,
    que conducen tu camino
    al asfalto de lo ecuánime.
    Dale gracias a tus ojos,
    que encontraron mi cultura en las pupilas.
    Dale gracias a tu mente,
    que hizo un agujero en la mía,
    por donde entra
    el olor de tu intelecto.

    Dale gracias a tu cuerpo,
    que con su semilla
    me fundió en la naturaleza de tu juego.
    Dale gracias a tu risa,
    que revienta como burbujas en mis oídos.
    Dale gracias a esta dicotomía:
    la de ser contigo poema,
    o alzar un monumento inerte
    a la estupidez en mi corazón.

  • Como la humedad

    En todos los rincones, en cada recoveco
    encuentas la forma de colarte.
    No importa si el día está soleado
    o si el calor es seco:
    eres como la humedad,
    casi puedo sentir en las yemas de mis dedos
    el vaho de nuestro último beso.

    Como la humedad, trazas camino
    al dulce monte que se inquieta
    por el recuerdo de tu lengua.

    Pequeñas gotas de rocío
    caen sobre mi cabeza
    y, de inmediato, me encuentro divagando
    sobre dónde estaríamos
    si te hubiera dedicado una mirada,
    con ganas de arrancar el “hubiera”
    de mi lengua para no pronunciarlo.

    A veces pasan los días
    y creo haber salido adelante
    de este triángulo,
    pero luego vuelves
    como la humedad.

  • Te confieso

    En mis primeros días, tú esperabas nieve.
    ¿Querías apagar el fuego que guardabas dentro?
    Me complazco al pensar que, por algo, no llegó.
    No llegó, para que tú llegaras a mí.

    No llegó para que vinieras,
    para llenar mis brazos vacíos,
    abiertos, esperándote.

    Los días se alargaron,
    y la idea de regresar
    se disolvió en el viento cambiante de Madrid.
    No sé si es locura pensar que algo hubo,
    pero lo siento:
    es más locura fingir que no pasó nada.

    Aquí, al menos, soy una idiota temerosa,
    que insinúa, pero no se atreve,
    que deja escapar entre los dedos
    lo que quisiera gritar,
    lo que quisiera contar.

    Pero te escribo:
    te he extrañado, aunque suene raro.
    Te lo confieso entre líneas:
    tu compañía me acompañó en este viaje
    más de lo que crees.
    Tu afecto me dio calor en este clima frío,
    tus besos alimentaron mi imaginación,
    tu cuerpo me recargó de energía
    cuando sentía que no podía más.

    Confieso:
    quisiera compartir contigo cada calle de Madrid,
    caminar de tu mano por el Retiro,
    verte reír bajo la sombra de los álamos,
    robarte un beso,
    mirar un amanecer,
    ir a tu restaurante favorito en Toledo.

    Pero deseo:
    que tu boca sea el último suspiro de la mía,
    que tu sabor sea lo último que mi cuerpo saboree.
    Que rompamos las reglas de la cordura
    y nos encontremos compartiendo patria,
    no solo tierra,
    sino sueños.

    Y sí, aquí estoy,
    dejando que el frío que se va desvaneciendo
    me hiele la piel.
    A punto de irme,
    a horas de subir ese avión,
    mientras un fuego, pequeño pero intenso,
    arde en cada rincón que has hecho tuyo.

    Guardo tu nombre en mis labios,
    en un silencio que me consume,
    y me hace pensar que quizás, solo quizás,
    la nieve nunca llegó,
    para que tú llegaras a mí.

  • Impotencia

    Estás rozando los límites no sanos del hubiera,
    y hubiera querido que lo hicieras antes.

    Tu boca promete el beso no dado,
    las caricias reservadas, egoístas,
    el paseo pendiente por el Retiro,
    sembrar juntos en el huerto,
    ese salto de fe que no apuraste.

    Hoy, la duda desgarra el vientre de la posibilidad,
    dejando infértil nuestro destino,
    hambrientos de recuerdos,
    con la incógnita de lo que no fue.

    Y aun así,
    vemos desmoronarse nuestro último encuentro
    en los brazos de alguien que vive en el presente
    y no en el hubiera.

    Pero incluso a 9 mil kilómetros,
    sé que había caminos para llegar.
    Y aunque el viaje era largo,
    la recompensa lo valía,
    porque al final de ese camino, estaba yo.

  • Del miedo, la belleza

    En lo negativo de mi entender
    nacen cosas bellas.
    Todo lo que hace eco en mis entrañas,
    lo que me revuelve el estómago,
    me hace pensarte.

    Y no relato una pesadilla,
    no es un cuento de terror,
    aunque el horror de tu silencio
    me empuja hacia el lado que sí quiere saltar.

    Pero son los saltos de fe impulsados por el miedo
    los que han construido al hombre.
    Porque donde radica el temor,
    se impone un monumento impecable a la creación.

    El miedo es creador.

    Y aquí, desde donde me paro hoy,
    me veo asustada,
    pero estoy creando.
    Hay un puente en construcción
    que tiene como destino tu interior.

    En esta vulnerabilidad que transito,
    tu palabra me fortifica.
    Y podría decir que es una mala combinación:
    incertidumbre y miedo.
    Pero algo se me escapa,
    de los ojos, de los labios, de las manos,
    y me arroja a tus brazos,
    derribando todas las puertas que he cerrado
    y abriéndolas de una sola vez.

    Ahí me encontrarás,
    muerta de miedo,
    pero inexplicablemente llena de hojas verdes
    y flores en el cabello,
    dibujadas por tus dedos
    cuando acaricias mi cuerpo,
    cuando me abrazas,
    cuando me besas la cabeza.

    Del miedo he creado una mezcla perfecta,
    una corriente que fluye dentro de la rutina,
    como agua de lluvia,
    y que ha encontrado su camino
    a través de tus canales
    para llegar a ti.

    Tengo miedo de los truenos
    que resuenan en este ocaso inconstante,
    y es de ese miedo
    que estoy creando este poema para ti.

    Confieso que, en medio del temor,
    se está gestando una mejor versión de mí,
    una que quiere conocerte a ti.

  • Nocturno

    Entre tantas luces, no te veo.
    Con descarada impaciencia, te exclamó a gritos
    una corriente de aire, un silencio.

    Un bip inestable. Silencio.

    Escudriño entre las ventanas de la probabilidad,
    pero no quiero mirar, no quiero saber.
    El miedo desgarra mis deseos,
    impide que cree el núcleo donde florecer.

    En esta pequeña burbuja cubierta de utopía
    encuentro regocijo,
    aunque sea idílico, porque es idílico—lo sé.
    Pero hay destellos.

    Aquí, en Japón, eres mío,
    soy tuya,
    somos nuestros.
    Y es ahora.