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Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras
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Fui llenando gota a gota
la pileta vacía
con rocíos que a veces
también fueron lágrimas.
Al principio,
ni siquiera sabía el color de tus ojos.
Los escondías detrás de gafas
tejidas con silencios
y apegos que me evitaban.
Yo bordaba con hilos de seda
los mapas de mis anhelos,
llamando a una puerta
que tú sellabas
con el décimo candado.
No sé si lo que vale la pena
siempre cuesta más,
pero sé que tú tenías el toque
y yo, la mirada justa
para reconocerlo.
Poco a poco
sacamos al miedo
como se airea una casa cerrada,
y dejamos entrar
la paciencia.
Hoy conectamos
sin desbordes,
como se enreda el sol
con las cortinas al amanecer.
Ya no estoy sola.
Ya no estás solo.
Has sido tú.
He sido yo.
En las mínimas
y máximas
expresiones del amor.
Pero hemos sido.
Y seguiremos siendo.
A veces tú arriba,
a veces yo.
Pero seguiremos siendo.
A ti, Alba,
por recordarme que crear vida también es imaginarla.
Y a quién, sin prometer nada,
ha movido en mí las aguas quietas.
Su amor —como marea suave—
no arrastra,
pero me empuja a orilla nueva,
donde a veces me descubro
con ganas de acunar lo mejor de los dos.
–
¿Será que soy una hipócrita?
Tengo momentos de debilidad
en los que comienzo a crearte,
y otros días…
reniego en voz alta de esa misma creación.
Es una mezcla contradictoria:
deseo latente, reprimido,
y una negación consciente,
de esas que suenan como decisión… pero duelen.
No sé si soy capaz
de crear algo tan perfecto
como te he imaginado.
Pero más allá de eso,
no sé si soy capaz de sostener
aquello en lo que estás destinada a convertirte.
Tu existencia —aunque incierta—
es la narrativa de un futuro
que refleja lo mejor que hay en nosotros:
en él,
y en mí.
Eres el legado que no quiero que pese,
pero que necesitamos
para no desvanecernos como fantasmas de nadie.
Conozco tus talentos,
porque son los de él.
Conozco el color de tu piel,
el tamaño de tus ojos,
la forma de tus pequeñas manos.
Y si cierro los ojos,
puedo escuchar el tono de tu voz.
En algún lugar del universo…
¿Escucharás cuando pronuncio tu nombre, Alba?
¿Será cierto el poder de la palabra?
¿Será tan fuerte
como para atraerte?
¿Como para que nos elijas?
Navego a la deriva de mi propia contradicción:
del deseo de tenerte,
y del miedo de tenerte.
Y sé que solo necesito un empujón.
Si tan solo él pronunciara tu nombre,
te lucharía.
Porque en este tiempo,
no hay nada que desee más en el mundo
que crear con él
un futuro que combine lo mejor de nosotros.
Y eso eres tú.
Hoy llevé la sonrisa
colgada al pecho.
Hoy fue uno de esos días.
Ya sabes cuáles.
De los que parecen sueño,
incluso para una sonámbula
que aprendió a caminar entre mundos.
Hoy me fui
tres polos en tu dirección.
Desperté con tu olor sobre la almohada
y fue inevitable:
pensé en su nombre.
Y prometo que traté de contener
esos anhelos que a veces escapan
de la prisión de mis deseos conscientes.
Pero hoy fue uno de esos días.
Ya sabes cuáles.
De los que no quiero que terminen.
De los que me retienen
con el solo hecho de saberte
en la otra habitación.
Hoy adornaste mi mañana
con tu voz y un té.
Y no supe si desear tu cuerpo,
para sembrarte dentro de mí,
o tu atención,
para cuidar la raíz de esta fantasía.
Hoy
deseé con fuerza que dejaras la huella de lo posible.
Y sin decirlo,
deseé que la imaginaras también.
Porque hoy
recordé su nombre.
Hoy fue uno de esos días.
Ya sabes cuáles.
En los que
nos imaginé.
Siendo tres.

Casi siempre hay una melodía
sonando en mi cabeza antes de dormir.
Contigo, el lenguaje es música:
diferentes orígenes,
distintos alfabetos del amor,
pero una melodía que solo nosotros
sabemos interpretar.
Justo antes de cruzar
las puertas del mundo etéreo
donde todo escapa a mi control,
tus palabras encuentran sentido,
resuenan más fuerte en mí:
te quiero.
Ese eco me eleva
y me ancla.
Porque así eres tú:
compartes la dualidad de mi signo
a tu manera.
Eres mi helio:
me impulsas a imaginar el futuro.
Eres mi ancla:
me traes de vuelta al ahora.
Estás en cada minuto del día,
y aun así,
se desliza tu presencia
por cada rincón de mis pensamientos nocturnos,
como un vigía silencioso
haciendo su último rondín.
Decir que eres mi último pensamiento
no es táctica,
ni semántica.
Es un hecho.
Me aferro a eso como a un mantra.
Me da fuerza
para empezar el día siguiente
colgada de la fe,
de la esperanza de que,
cuando llegue el último aliento
en el que compartamos el mismo oxígeno,
seas tú quien esté a mi lado,
sigas siendo mi último pensamiento,
y siga sonando tu melodía
en mi corazón.

Pausa 2
Soy como un revólver cargado en las manos de un tiritón.
Acostumbrada a avivar mis propias cenizas
para evitar que el fuego se extinga.
Desde mi mente,
un caballo desbocado aparece cada noche
para recordarme lo que elegí olvidar.
Y entonces, cruzamos tiempo y espacio:
tú, cual Everest —
magnífico, imponente, inmutable —
destinaste tu mirada al torbellino que soy,
estridente por naturaleza,
salvaje, pasional.
¿Cómo lograste domar mi instinto de huir?
Con tus pausas.
Con tus evocaciones a la madurez.
Has tomado entre tus manos un panal
y lo convertiste en miel.
Tus pausas hacen mella en mi propósito,
como gota que agujerea la roca.
Me has mostrado la calma que anhelaba,
y que aún hoy,
intento merecer.
No me llenas la cabeza de piedrecitas,
ni me dibujas castillos de algodón.
En cambio,
me sumerges en tu calma
y marcas un tempo que no comprendo,
pero que me da paz.
Abrazo tu singularidad,
tu forma de amar.
Y por primera vez,
empiezo a entender algunas letras
de este abecedario compartido,
este lenguaje nuevo
que está en construcción.
Pongo en pausa el camino.
Medito. Rectifico.
Rendida a tu norte.
Guiada por tu luz,
veo esperanza.
Veo un campo lleno
de dientes de león.

Pausa 1
Alguna vez leí una frase sobre el amor.
Era la reflexión de una chica acostumbrada a la batalla, a la alerta.
Confesaba haber vivido entre drama y caos;
ese ambiente, aunque hiriente, le resultaba familiar.
El fuego del caos fue, por mucho tiempo,
su chispa y su gasolina para salir de donde se crió.
Pero ahora, frente al amor —
frente al hombre de su vida —
el corazón le da un vuelco.
No sabe hacia dónde apuntar.
Como una brújula descompuesta,
sus latidos hacen eco en el pecho de ambos.
Por un lado, él:
todo fuego, ímpetu, lucha.
Adrenalina quemando las venas.
Por el otro, él también:
paciente, sereno,
hecho de bondad y rutinas,
con una calma que a veces parece fría.
Se cuestiona el propósito.
El libre albedrío.
¿Quedarse con el fuego que aviva sus cenizas?
¿O arroparse en los brazos templados del otro?
Pausa.
¿A quién le entregó el corazón?…
-“Yo misma tengo mucho fuego.
Lo que necesito es un diente de león en primavera:
ese amarillo brillante que significa renacimiento,
en lugar de destrucción.
La promesa de que la vida puede continuar, sin importar lo malas que sean nuestra perdidas.
Que puede volver a ser buena.
Y solo él puede darme eso.”-

No todos los días es igual,
y eso —aunque a veces cruel—
lo hace más real.
Mis afectos fluyen como río
y encuentran su cauce en tu ser.
Que te quiero ya no es confesión:
he desnudado mi alma tan rápido,
que me cuesta atrapar en el aire
las palabras que escapan
prisioneras de mis labios.
Me quieres, lo sé,
lo has dicho.
Y aunque no todos los días es igual,
aunque no siempre lo lea
o te escuche pronunciar,
los días en que ablandas el corazón
me llegan
como rayo en la tormenta.
Te quiero. Cortinilla de entrada y salida.
Te quiero. Aunque el silencio sea tu lenguaje.
Te quiero. Apretando los dientes.
Te quiero. Elevándome como humo.
Te quiero. Todos los días te quiero.
Te quiero, te quiero, te quiero…
Y no es masoquismo,
pero esperarte pronunciar,
lo hace más real.

Para la posibilidad más luminosa: mi anhelada Alba.
Aquí,
nadie lleva prisa…
excepto la vida misma.
Son tus canas las que dibujan
el imaginario de esta unidad que somos.
Es el tiempo de la siembra
quien cuestiona si mi campo aún es fértil.
¿Será el Alba de nuestros días
lo que motive el reloj?
Nos preparamos para tomar impulso
ante la incertidumbre del oficio
y sin embargo
un solo latido podría acobardarnos
o germinar sentido
en aquello que, al final,
no nos vamos a llevar.
Con el alma de una física que no fue,
confieso:
le temo al tiempo.
Y a veces,
sueño con ganarle…
aunque sea por nueve meses.
Pero aquí,
nadie lleva prisa.
El Alba
siempre llega
cuando va a amanecer.