Rumiando Mentes

Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras

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  • Fui llenando gota a gota

    la pileta vacía

    con rocíos que a veces

    también fueron lágrimas.

    Al principio,

    ni siquiera sabía el color de tus ojos.

    Los escondías detrás de gafas

    tejidas con silencios

    y apegos que me evitaban.

    Yo bordaba con hilos de seda

    los mapas de mis anhelos,

    llamando a una puerta

    que tú sellabas

    con el décimo candado.

    No sé si lo que vale la pena

    siempre cuesta más,

    pero sé que tú tenías el toque

    y yo, la mirada justa

    para reconocerlo.

    Poco a poco

    sacamos al miedo

    como se airea una casa cerrada,

    y dejamos entrar

    la paciencia.

    Hoy conectamos

    sin desbordes,

    como se enreda el sol

    con las cortinas al amanecer.

    Ya no estoy sola.

    Ya no estás solo.

    Has sido tú.

    He sido yo.

    En las mínimas

    y máximas

    expresiones del amor.

    Pero hemos sido.

    Y seguiremos siendo.

    A veces tú arriba,

    a veces yo.

    Pero seguiremos siendo.

  • Para quien camina con los ojos abiertos, y para los que caminan con los ojos cerrados por el miedo.

    Me senté,

    en el privilegio de mi alcoba,

    a soñar con otros mundos,

    otras realidades.

    En esta vida,

    de la que soy protagonista,

    la fortuna me inunda:

    la maldad nunca ha tocado mi puerta.

    Pero desde que cruzamos palabras,

    desde que escucho en tu voz hablar de ellos,

    algo repta entre mis pensamientos

    y desordena mi calma.

    Sé que en otro lugar,

    alguien está orando

    para simplemente despertar mañana.

    Y nosotros —aquí—

    escribimos sin derecho

    sobre sus vidas,

    sus retratos.

    Puedo sentir pena.

    Puedo sentir culpa.

    Pero hoy, contigo,

    -sin que lo sepas-

    decido expresarlo.

    Acompañarte.

    Sostener tu mano

    cuando entres en esa misión.

    No por conveniencia

    sino por respeto.

    Por la profunda admiración

    que me provoca

    verte cargar entre tus manos,

    causas

    que nunca han sido tuyas 

    pero que eliges como si lo fueran.

    Es desde mi suerte

    que aprendí a leer,

    sentada en mi privilegio,

    mientras otros cruzan lo inexplorable

    temblando de miedo.

    Hablo mucho de destino,

    y sé que lo hago desde un sitio cómodo.

    En mi historia,

    las estrellas no explotan.

    Y ahí me pregunto:

    ¿cuánto he elegido realmente?

    ¿cuánto ha sido suerte?

    ¿cuánto en realidad, somos amos de nuestras vidas?

    Quizá no elegimos esta historia.

    Ni el niño que llega cansado a clases.

    Ni el que duerme de pie en un baño.

    Ni la niña del cuadro de honor

    obligada a cargar

    las expectativas de una familia rota.

    Pero hoy sé, que hay privilegios

    que pueden sostener los sueños de otros.

    El tuyo, amor mío,

    abriga.

    Transforma el delirio en verdad.

    Sujeta las cuerdas de una idea

    que aún no tiene rostro

    pero ya busca cambiar el mundo.

    Abriga el espacio de una risa

    que ha de florecer

    en la voz de alguien que no estás destinado a conocer.

    Aquí, desde nuestro privilegio,

    tomando este té,

    te miro y respeto:

    Y ahí estás, intentando llevar un remanso de esperanza

    a esos soldados de la vida

    que no pidieron alistarse en ella.

    Hoy sé,

    que hay privilegios

    que pueden sostener los sueños de otros.

  • A ti, Alba,

    por recordarme que crear vida también es imaginarla.

    Y a quién, sin prometer nada,

    ha movido en mí las aguas quietas.

    Su amor —como marea suave—

    no arrastra,

    pero me empuja a orilla nueva,

    donde a veces me descubro

    con ganas de acunar lo mejor de los dos.

    ¿Será que soy una hipócrita?

    Tengo momentos de debilidad

    en los que comienzo a crearte,

    y otros días…

    reniego en voz alta de esa misma creación.

    Es una mezcla contradictoria:

    deseo latente, reprimido,

    y una negación consciente,

    de esas que suenan como decisión… pero duelen.

    No sé si soy capaz

    de crear algo tan perfecto

    como te he imaginado.

    Pero más allá de eso,

    no sé si soy capaz de sostener

    aquello en lo que estás destinada a convertirte.

    Tu existencia —aunque incierta—

    es la narrativa de un futuro

    que refleja lo mejor que hay en nosotros:

    en él,

    y en mí.

    Eres el legado que no quiero que pese,

    pero que necesitamos

    para no desvanecernos como fantasmas de nadie.

    Conozco tus talentos,

    porque son los de él.

    Conozco el color de tu piel,

    el tamaño de tus ojos,

    la forma de tus pequeñas manos.

    Y si cierro los ojos,

    puedo escuchar el tono de tu voz.

    En algún lugar del universo…

    ¿Escucharás cuando pronuncio tu nombre, Alba?

    ¿Será cierto el poder de la palabra?

    ¿Será tan fuerte

    como para atraerte?

    ¿Como para que nos elijas?

    Navego a la deriva de mi propia contradicción:

    del deseo de tenerte,

    y del miedo de tenerte.

    Y sé que solo necesito un empujón.

    Si tan solo él pronunciara tu nombre,

    te lucharía.

    Porque en este tiempo,

    no hay nada que desee más en el mundo

    que crear con él

    un futuro que combine lo mejor de nosotros.

    Y eso eres tú.

  • Hoy llevé la sonrisa

    colgada al pecho.

    Hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles.

    De los que parecen sueño,

    incluso para una sonámbula

    que aprendió a caminar entre mundos.

    Hoy me fui

    tres polos en tu dirección.

    Desperté con tu olor sobre la almohada

    y fue inevitable:

    pensé en su nombre.

    Y prometo que traté de contener

    esos anhelos que a veces escapan

    de la prisión de mis deseos conscientes.

    Pero hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles. 

    De los que no quiero que terminen.

    De los que me retienen

    con el solo hecho de saberte

    en la otra habitación.

    Hoy adornaste mi mañana

    con tu voz y un té.

    Y no supe si desear tu cuerpo,

    para sembrarte dentro de mí,

    o tu atención,

    para cuidar la raíz de esta fantasía.

    Hoy

    deseé con fuerza que dejaras la huella de lo posible.

    Y sin decirlo,

    deseé que la imaginaras también.

    Porque hoy

    recordé su nombre.

    Hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles.

    En los que

    nos imaginé.

    Siendo tres. 

  • Vigilia

    Casi siempre hay una melodía

    sonando en mi cabeza antes de dormir.

    Contigo, el lenguaje es música:

    diferentes orígenes,

    distintos alfabetos del amor,

    pero una melodía que solo nosotros

    sabemos interpretar.

    Justo antes de cruzar

    las puertas del mundo etéreo

    donde todo escapa a mi control,

    tus palabras encuentran sentido,

    resuenan más fuerte en mí:

    te quiero.

    Ese eco me eleva

    y me ancla.

    Porque así eres tú:

    compartes la dualidad de mi signo

    a tu manera.

    Eres mi helio:

    me impulsas a imaginar el futuro.

    Eres mi ancla:

    me traes de vuelta al ahora.

    Estás en cada minuto del día,

    y aun así,

    se desliza tu presencia

    por cada rincón de mis pensamientos nocturnos,

    como un vigía silencioso

    haciendo su último rondín.

    Decir que eres mi último pensamiento

    no es táctica,

    ni semántica.

    Es un hecho.

    Me aferro a eso como a un mantra.

    Me da fuerza

    para empezar el día siguiente

    colgada de la fe,

    de la esperanza de que,

    cuando llegue el último aliento

    en el que compartamos el mismo oxígeno,

    seas tú quien esté a mi lado,

    sigas siendo mi último pensamiento,

    y siga sonando tu melodía

    en mi corazón.

  • Diente de león

    Pausa 2

    Soy como un revólver cargado en las manos de un tiritón.

    Acostumbrada a avivar mis propias cenizas

    para evitar que el fuego se extinga.

    Desde mi mente,

    un caballo desbocado aparece cada noche

    para recordarme lo que elegí olvidar.

    Y entonces, cruzamos tiempo y espacio:

    tú, cual Everest —

    magnífico, imponente, inmutable —

    destinaste tu mirada al torbellino que soy,

    estridente por naturaleza,

    salvaje, pasional.

    ¿Cómo lograste domar mi instinto de huir?

    Con tus pausas.

    Con tus evocaciones a la madurez.

    Has tomado entre tus manos un panal

    y lo convertiste en miel.

    Tus pausas hacen mella en mi propósito,

    como gota que agujerea la roca.

    Me has mostrado la calma que anhelaba,

    y que aún hoy,

    intento merecer.

    No me llenas la cabeza de piedrecitas,

    ni me dibujas castillos de algodón.

    En cambio,

    me sumerges en tu calma

    y marcas un tempo que no comprendo,

    pero que me da paz. 

    Abrazo tu singularidad,

    tu forma de amar.

    Y por primera vez,

    empiezo a entender algunas letras

    de este abecedario compartido,

    este lenguaje nuevo

    que está en construcción. 

    Pongo en pausa el camino.

    Medito. Rectifico.

    Rendida a tu norte.

    Guiada por tu luz,

    veo esperanza.

    Veo un campo lleno

    de dientes de león.

  • Manual de vuelo para una brújula rota 

    Pausa 1

    Alguna vez leí una frase sobre el amor.

    Era la reflexión de una chica acostumbrada a la batalla, a la alerta.

    Confesaba haber vivido entre drama y caos;

    ese ambiente, aunque hiriente, le resultaba familiar.

    El fuego del caos fue, por mucho tiempo,

    su chispa y su gasolina para salir de donde se crió.

    Pero ahora, frente al amor —

    frente al hombre de su vida —

    el corazón le da un vuelco.

    No sabe hacia dónde apuntar.

    Como una brújula descompuesta,

    sus latidos hacen eco en el pecho de ambos.

    Por un lado, él:

    todo fuego, ímpetu, lucha.

    Adrenalina quemando las venas.

    Por el otro, él también:

    paciente, sereno,

    hecho de bondad y rutinas,

    con una calma que a veces parece fría.

    Se cuestiona el propósito.

    El libre albedrío.

    ¿Quedarse con el fuego que aviva sus cenizas?

    ¿O arroparse en los brazos templados del otro?

    Pausa.

    ¿A quién le entregó el corazón?…

    -“Yo misma tengo mucho fuego.
    Lo que necesito es un diente de león en primavera:
    ese amarillo brillante que significa renacimiento,
    en lugar de destrucción.
    La promesa de que la vida puede continuar, sin importar lo malas que sean nuestra perdidas. 
    Que puede volver a ser buena.
    Y solo él puede darme eso.”-

  • Del amor y sus deseos 

    No todos los días es igual,

    y eso —aunque a veces cruel—

    lo hace más real.

    Mis afectos fluyen como río

    y encuentran su cauce en tu ser.

    Que te quiero ya no es confesión:

    he desnudado mi alma tan rápido,

    que me cuesta atrapar en el aire

    las palabras que escapan

    prisioneras de mis labios.

    Me quieres, lo sé,

    lo has dicho.

    Y aunque no todos los días es igual,

    aunque no siempre lo lea

    o te escuche pronunciar,

    los días en que ablandas el corazón

    me llegan

    como rayo en la tormenta.

    Te quiero. Cortinilla de entrada y salida.

    Te quiero. Aunque el silencio sea tu lenguaje.

    Te quiero. Apretando los dientes.

    Te quiero. Elevándome como humo.

    Te quiero. Todos los días te quiero.

    Te quiero, te quiero, te quiero…

    Y no es masoquismo,

    pero esperarte pronunciar,

    lo hace más real.

  • Alba.

    Para la posibilidad más luminosa: mi anhelada Alba.

    Aquí,

    nadie lleva prisa…

    excepto la vida misma.

    Son tus canas las que dibujan

    el imaginario de esta unidad que somos.

    Es el tiempo de la siembra

    quien cuestiona si mi campo aún es fértil.

    ¿Será el Alba de nuestros días

    lo que motive el reloj?

    Nos preparamos para tomar impulso

    ante la incertidumbre del oficio

    y sin embargo 

    un solo latido podría acobardarnos

    o germinar sentido

    en aquello que, al final,

    no nos vamos a llevar.

    Con el alma de una física que no fue,

    confieso:

    le temo al tiempo.

    Y a veces,

    sueño con ganarle…

    aunque sea por nueve meses.

    Pero aquí,

    nadie lleva prisa.

    El Alba 

    siempre llega

    cuando va a amanecer.