Rumiando Mentes

Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras

  • -El pretérito no siempre termina cuando acaba la historia: a veces se instala en el pecho y se niega a conjugarse.-

    La nostalgia no siempre mira hacia atrás,

    a veces es el eco del futuro,

    una puerta que no se abre,

    un camino que se borra sin andar.

    Se rinden las hojas al viento,

    como si el otoño me hablara con tu acento,

    me exigen empezar de nuevo,

    sin ti,

    a partir de ya.

    Hay días en que el aire se aquieta

    y creo estar mejor,

    pero no es olvido, mi amor,

    es el cansancio de extrañarte

    acomodándose en mi cuerpo.

    Me dicen que hay que calmar el dolor y llenar el vacío,

    que el amor se cura con amor.

    Pero yo digo que no,

    porque ese vacío

    lo habitas hoy conmigo.

    A veces imagino

    que solo te fuiste lejos,

    que el silencio es un viaje,

    que estabas cansado y olvidaste escribir,

    que pronto vas a contarme

    cómo se ve el mundo sin mí.

    Las voces de otros ya no alcanzan.

    Antes bastaba la tuya

    para llenar la habitación.

    Ahora todo suena hueco,

    como si el mundo hablara

    una lengua que se extinguió contigo.

    Siento nostalgia de la forma

    en que tus palabras pensaban en voz alta,

    de tu autenticidad,

    de la manera en que vivías desde tu ética,

    del roce invisible

    de nuestras mentes entrelazadas.

    Pero tranquilo, amor,

    deja la ansiedad,

    no te estoy pidiendo que regreses.

    No te llamo al hogar.

    Porque aún en la distancia,

    bajo este mismo cielo:

    te amo sin buscarte,

    te pienso sin retenerte,

    te recuerdo sin poseerte.

    Vive tu vida, intenta ser feliz.

    No te necesito aquí;

    las memorias de nuestro pretérito

    me bastan para amarte.

    Ve tranquilo, amor.

    Ahora estoy mejor,

    tratando de aprender

    que «aun siendo singular,

    se puede ser plural.»

  • Para Juan Pablo:

    con quién descubrí la magia de lo simple

    y aprendí que amar también es mirarse sin miedo en otro corazón.


    Conocerte fue mirar el mundo con magia,

    creer que te hallaba, y encontrarme en el viaje.

    Pensé que te veía, pero eras mi espejo,

    mi luz en el caos, mi propio reflejo.

    Dije “sí” por primera vez sin miedo,

    a lo simple, lo incierto, lo sincero.

    Y entendí que en tus ojos dormían

    partes de mí que ni yo conocía.

    Aprendí que el silencio puede contener mil te quiero,

    que un té abre el alma mejor que el vino,

    que el deseo no vive en la piel que se toca,

    sino en la confianza, en la risa, en la boca.

    Descubrí mi poesía en tus gestos,

    mi fe en tus pausas, mi fuerza en tus besos.

    Amar los domingos en calma, la música lenta,

    la vida sin prisa, la risa contenta.

    Conocerte, fue cielo y locura,

    fue lección, fue vértigo, fue ternura.

    Me lanzó sin cinturón ni certeza,

    pero fue mi acto mayor de belleza.

    Porque al amarte también me creí,

    me vi entera, me supe aquí.

    Conocerte fue encontrar en el amor

    el arte de soltar sin olvido,

    de quedarme conmigo,

    sabiendo que fui, que fuimos.

    Conocerte fue concederme, 

    la oportunidad de  recordar

    que todo amor verdadero

    es también un regreso al hogar.


    Juanpa, coincidir contigo fue magia.

  • Tengo miedo de pronunciar el final de los mundos.

    De decir en voz alta que mi fe se agota,

    que la espera me abre grietas en los huesos,

    que lo amé como se ama a los dioses antiguos:

    arrodillada y temblando.

    He sido faro en la tormenta,

    luz obstinada que guía a quien no quiere llegar.

    He brillado por los dos,

    he regado un jardín que se niega a florecer,

    he nutrido con miel un corazón que solo sabe beber.

    Y aún así lo amo.

    Con la fe animal del que busca sentido en la oscuridad.

    Su ausencia es una luna que no baja,

    un hechizo que no se cumple.

    Su regreso, un relámpago que parte el alma en dos.

    Somos adictas 

    a un amor que corta como vidrio bajo el agua,

    que promete eternidad

    mientras nos desangra con paciencia.

    Tengo miedo de reconocerlo:

    esto no va a cambiar,

    que su ternura es solo una sombra,

    que es un niño asustado en el cuerpo de un hombre,

    que no te sabe amar.

    Y sin embargo,

    cuando su pecho fue mi refugio,

    todo el universo se detuvo.

    Por un instante, supe lo que era la paz.

    Ahora lo miro desde la orilla,

    mientras mi propio fuego me devora las manos.

    Cansada de sostener la llama.

    Cansada de que solo tome, consuma y se apague.

    Cansada de ser la ofrenda y la ceniza.

    Pero en medio del dolor hay un respiro,

    una verdad que me quiebra y me libera:

    su amor no vino a matarme,

    vino a mostrarme lo que soy capaz de dar.

    Tengo miedo de decirlo en voz alta,

    porque sé cuánto le amas,

    porque sé cuánto lo amo. 

  • Cuando digo que eres mío

    no hablo de posesión,

    hablo de destino.

    De cómo la marea sigue a la luna,

    de cómo el viento reconoce su lugar entre los árboles,

    de cómo el alma, cuando ama,

    sabe volver.

    Cuando callo, no me pierdo.

    Solo te dejo espacio,

    como la orilla deja ir al mar

    sabiendo que siempre regresa.

    No es distancia,

    es amor sin prisa.

    Amarte en calma,

    desde donde no hay cadenas ni miedo.

    Sigo aquí,

    aunque el silencio te confunda,

    aunque parezca que me he ido.

    Estoy en la espera quieta,

    sosteniendo el fuego sin quemarme,

    respirando por los dos.

    No te he dejado de amar ni un segundo.

    Solo aprendí a hacerlo con las manos abiertas,

    como quien mira florecer algo hermoso

    sin arrancarlo.

    Porque el amor no es pertenecer,

    es permanecer.

    Y yo permanezco,

    a tu lado,

    aun cuando no me veas.

    Así que cuando te digo que eres mío, lo que quiero decir, es que soy tuya. 

  • Amo

    cuando interrumpes el caos

    con esa calma que no presume

    pero todo lo ordena.

    Amo

    el valor que llevas en los hombros,

    ese que refleja

    lo que sé que merezco.

    Amo tus certezas limpias,

    tus líneas rectas,

    tu brújula sin atajos.

    Amo cómo avanzas,

    incluso cuando el viento no te quiere.

    Amo

    el cuidado que te das,

    cómo luces cuando no lo sabes…

    y cómo me invitan tus formas

    a querer siempre tocarte.

    Amo tus rendijas,

    las que abres cuando no puedes más,

    y yo me cuelo

    con ternura y sin ruido.

    Amo tu andar congruente,

    cómo no haces teatro

    donde muchos actúan.

    Amo tu risa,

    esa complicidad absurda

    que encuentra el mismo chiste

    en dos lenguas distintas.

    Amo cómo amansas mis viejos miedos,

    les hablas suave,

    y sin querer, los desarmas.

    Amo lo que escribes,

    cómo rozas mi mente

    y despiertas mi piel.

    Amo este devenir a tu lado:

    derribar viejas versiones,

    y construir, sin prisa,

    una nueva forma de ser nosotros.

    Y no,

    no espero que el mundo entienda.

    Amarte no es cruz ni pena,

    es libertad elegida.

    Te amo sin espectáculo,

    sin pedestal ni promesa.

    Te amo desde la chispa; sí

    pero también

    Te amo desde la calma.

  • Apareces justo cuando menos te necesito.

    Al primer destello de tu sonrisa fugaz y burlona,

    me esfuerzo por ignorarte

    pero sé que vienes por mí.

    Eres un accesorio sin intención,

    y aún así

    adornas demasiadas de mis decisiones.

    He trabajado años construyendo caminos que te evadan,

    pero empiezo a sospechar que tu existencia

    sostiene, en secreto,

    el relieve de mi carácter.

    Te he encontrado

    en lugares donde ni tu sombra cabía.

    Te reconozco por el ritmo de tu paso,

    por la forma en que me obligas a retroceder

    y a perderme en la maraña de mis pensamientos,

    rumiantes, incansables,

    como si tú fueras pastora de todo lo no resuelto.

    Llevo tanto tiempo huyéndote…

    Y sin embargo, ahí estás.

    Como ese pariente incómodo

    que se instala en el sofá

    aunque no le quepa el equipaje.

    Te sientas a la mesa,

    me miras con una certeza

    que crees saber mejor que yo.

    Pero hoy no te voy a pelear.

    Entra.

    Desbórdame.

    Inúndame.

    Hazme sentir

    todo eso que vine posponiendo.

    ¿Por qué me has elegido como tu morada?

    Me ha costado años

    abrirte la puerta así.

    Pero ahora lo sé:

    por fin lo entiendo.

    Culpa, siéntate.

    Tomemos un café.

  • He sentido la traición de quienes juraron protegerme,

    como cianuro en las venas,

    como puñalada directa a la carne.

    He visto borrarse la sonrisa de mi rostro

    cuando mi nombre viaja en bocas

    que deberían llenarse de llagas.

    Y aún así,

    al son de la batalla,

    he tenido que mantenerme en pie,

    con las plantas deshechas

    de sostener un imperio

    que no me fue dado

    Lo conquisté.

    Lo peleé.

    He domado dragones,

    Los propios incluidos,

    para alcanzar esta torre

    Abanderada solo por príncipes

    Y por reyes.

    Así que no vengas ahora con amnesia selectiva

    para justificar por qué caminaste al lado del enemigo.

    No te pares sobre mis derrotas

    argumentando necesidades de vincular.

    El caballero no traiciona su escudo.

    El amigo no escoge copas

    por encima de quien le tendió la mano.

    El can no muerde la palma que lo alimenta.

    ¿Tan grande es el vacío,

    que poner en riesgo lo nuestro

    valió más que cuidar la alianza?

    No soy princesa de cuento.

    Soy amazona: salgo a luchar contigo.

    Pero si debo cuidar mi sueño de ti,

    no me tiendas la cama.

    Mi cultura no justifica doble bandera.

    Mi amistad no es rígida:

    es frágil, valiosa,

    Y no me cedo a cualquiera

    Y no cualquiera la pronuncia.

    No voy a adentrarme en un bosque

    que ahora se viste de niebla

    solo porque tu mano es la que me llama.

    Las elecciones trazan los destinos.

    No el mago.

    No la hechicera.

    Cabalgar en la playa conmigo,

    o

    brindar sobre mis heridas.

    Adentrarte en lo incómodo,

    o

    abrazar al fantasma de mis penas.

    No camines hacia el calabozo

    pensando que escucharás mi voz desde allí:

    quizá sí la oigas…

    pero no volverás a ver mis ojos buscándote.

    Así que dilo claro:

    Entrados en calor, ¿Vamos a cara o cruz?

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  • Fui llenando gota a gota

    la pileta vacía

    con rocíos que a veces

    también fueron lágrimas.

    Al principio,

    ni siquiera sabía el color de tus ojos.

    Los escondías detrás de gafas

    tejidas con silencios

    y apegos que me evitaban.

    Yo bordaba con hilos de seda

    los mapas de mis anhelos,

    llamando a una puerta

    que tú sellabas

    con el décimo candado.

    No sé si lo que vale la pena

    siempre cuesta más,

    pero sé que tú tenías el toque

    y yo, la mirada justa

    para reconocerlo.

    Poco a poco

    sacamos al miedo

    como se airea una casa cerrada,

    y dejamos entrar

    la paciencia.

    Hoy conectamos

    sin desbordes,

    como se enreda el sol

    con las cortinas al amanecer.

    Ya no estoy sola.

    Ya no estás solo.

    Has sido tú.

    He sido yo.

    En las mínimas

    y máximas

    expresiones del amor.

    Pero hemos sido.

    Y seguiremos siendo.

    A veces tú arriba,

    a veces yo.

    Pero seguiremos siendo.

  • Para quien camina con los ojos abiertos, y para los que caminan con los ojos cerrados por el miedo.

    Me senté,

    en el privilegio de mi alcoba,

    a soñar con otros mundos,

    otras realidades.

    En esta vida,

    de la que soy protagonista,

    la fortuna me inunda:

    la maldad nunca ha tocado mi puerta.

    Pero desde que cruzamos palabras,

    desde que escucho en tu voz hablar de ellos,

    algo repta entre mis pensamientos

    y desordena mi calma.

    Sé que en otro lugar,

    alguien está orando

    para simplemente despertar mañana.

    Y nosotros —aquí—

    escribimos sin derecho

    sobre sus vidas,

    sus retratos.

    Puedo sentir pena.

    Puedo sentir culpa.

    Pero hoy, contigo,

    -sin que lo sepas-

    decido expresarlo.

    Acompañarte.

    Sostener tu mano

    cuando entres en esa misión.

    No por conveniencia

    sino por respeto.

    Por la profunda admiración

    que me provoca

    verte cargar entre tus manos,

    causas

    que nunca han sido tuyas 

    pero que eliges como si lo fueran.

    Es desde mi suerte

    que aprendí a leer,

    sentada en mi privilegio,

    mientras otros cruzan lo inexplorable

    temblando de miedo.

    Hablo mucho de destino,

    y sé que lo hago desde un sitio cómodo.

    En mi historia,

    las estrellas no explotan.

    Y ahí me pregunto:

    ¿cuánto he elegido realmente?

    ¿cuánto ha sido suerte?

    ¿cuánto en realidad, somos amos de nuestras vidas?

    Quizá no elegimos esta historia.

    Ni el niño que llega cansado a clases.

    Ni el que duerme de pie en un baño.

    Ni la niña del cuadro de honor

    obligada a cargar

    las expectativas de una familia rota.

    Pero hoy sé, que hay privilegios

    que pueden sostener los sueños de otros.

    El tuyo, amor mío,

    abriga.

    Transforma el delirio en verdad.

    Sujeta las cuerdas de una idea

    que aún no tiene rostro

    pero ya busca cambiar el mundo.

    Abriga el espacio de una risa

    que ha de florecer

    en la voz de alguien que no estás destinado a conocer.

    Aquí, desde nuestro privilegio,

    tomando este té,

    te miro y respeto:

    Y ahí estás, intentando llevar un remanso de esperanza

    a esos soldados de la vida

    que no pidieron alistarse en ella.

    Hoy sé,

    que hay privilegios

    que pueden sostener los sueños de otros.