Rumiando Mentes

Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras

  • Como la humedad

    En todos los rincones, en cada recoveco
    encuentas la forma de colarte.
    No importa si el día está soleado
    o si el calor es seco:
    eres como la humedad,
    casi puedo sentir en las yemas de mis dedos
    el vaho de nuestro último beso.

    Como la humedad, trazas camino
    al dulce monte que se inquieta
    por el recuerdo de tu lengua.

    Pequeñas gotas de rocío
    caen sobre mi cabeza
    y, de inmediato, me encuentro divagando
    sobre dónde estaríamos
    si te hubiera dedicado una mirada,
    con ganas de arrancar el “hubiera”
    de mi lengua para no pronunciarlo.

    A veces pasan los días
    y creo haber salido adelante
    de este triángulo,
    pero luego vuelves
    como la humedad.

  • Te confieso

    En mis primeros días, tú esperabas nieve.
    ¿Querías apagar el fuego que guardabas dentro?
    Me complazco al pensar que, por algo, no llegó.
    No llegó, para que tú llegaras a mí.

    No llegó para que vinieras,
    para llenar mis brazos vacíos,
    abiertos, esperándote.

    Los días se alargaron,
    y la idea de regresar
    se disolvió en el viento cambiante de Madrid.
    No sé si es locura pensar que algo hubo,
    pero lo siento:
    es más locura fingir que no pasó nada.

    Aquí, al menos, soy una idiota temerosa,
    que insinúa, pero no se atreve,
    que deja escapar entre los dedos
    lo que quisiera gritar,
    lo que quisiera contar.

    Pero te escribo:
    te he extrañado, aunque suene raro.
    Te lo confieso entre líneas:
    tu compañía me acompañó en este viaje
    más de lo que crees.
    Tu afecto me dio calor en este clima frío,
    tus besos alimentaron mi imaginación,
    tu cuerpo me recargó de energía
    cuando sentía que no podía más.

    Confieso:
    quisiera compartir contigo cada calle de Madrid,
    caminar de tu mano por el Retiro,
    verte reír bajo la sombra de los álamos,
    robarte un beso,
    mirar un amanecer,
    ir a tu restaurante favorito en Toledo.

    Pero deseo:
    que tu boca sea el último suspiro de la mía,
    que tu sabor sea lo último que mi cuerpo saboree.
    Que rompamos las reglas de la cordura
    y nos encontremos compartiendo patria,
    no solo tierra,
    sino sueños.

    Y sí, aquí estoy,
    dejando que el frío que se va desvaneciendo
    me hiele la piel.
    A punto de irme,
    a horas de subir ese avión,
    mientras un fuego, pequeño pero intenso,
    arde en cada rincón que has hecho tuyo.

    Guardo tu nombre en mis labios,
    en un silencio que me consume,
    y me hace pensar que quizás, solo quizás,
    la nieve nunca llegó,
    para que tú llegaras a mí.

  • Impotencia

    Estás rozando los límites no sanos del hubiera,
    y hubiera querido que lo hicieras antes.

    Tu boca promete el beso no dado,
    las caricias reservadas, egoístas,
    el paseo pendiente por el Retiro,
    sembrar juntos en el huerto,
    ese salto de fe que no apuraste.

    Hoy, la duda desgarra el vientre de la posibilidad,
    dejando infértil nuestro destino,
    hambrientos de recuerdos,
    con la incógnita de lo que no fue.

    Y aun así,
    vemos desmoronarse nuestro último encuentro
    en los brazos de alguien que vive en el presente
    y no en el hubiera.

    Pero incluso a 9 mil kilómetros,
    sé que había caminos para llegar.
    Y aunque el viaje era largo,
    la recompensa lo valía,
    porque al final de ese camino, estaba yo.

  • Del miedo, la belleza

    En lo negativo de mi entender
    nacen cosas bellas.
    Todo lo que hace eco en mis entrañas,
    lo que me revuelve el estómago,
    me hace pensarte.

    Y no relato una pesadilla,
    no es un cuento de terror,
    aunque el horror de tu silencio
    me empuja hacia el lado que sí quiere saltar.

    Pero son los saltos de fe impulsados por el miedo
    los que han construido al hombre.
    Porque donde radica el temor,
    se impone un monumento impecable a la creación.

    El miedo es creador.

    Y aquí, desde donde me paro hoy,
    me veo asustada,
    pero estoy creando.
    Hay un puente en construcción
    que tiene como destino tu interior.

    En esta vulnerabilidad que transito,
    tu palabra me fortifica.
    Y podría decir que es una mala combinación:
    incertidumbre y miedo.
    Pero algo se me escapa,
    de los ojos, de los labios, de las manos,
    y me arroja a tus brazos,
    derribando todas las puertas que he cerrado
    y abriéndolas de una sola vez.

    Ahí me encontrarás,
    muerta de miedo,
    pero inexplicablemente llena de hojas verdes
    y flores en el cabello,
    dibujadas por tus dedos
    cuando acaricias mi cuerpo,
    cuando me abrazas,
    cuando me besas la cabeza.

    Del miedo he creado una mezcla perfecta,
    una corriente que fluye dentro de la rutina,
    como agua de lluvia,
    y que ha encontrado su camino
    a través de tus canales
    para llegar a ti.

    Tengo miedo de los truenos
    que resuenan en este ocaso inconstante,
    y es de ese miedo
    que estoy creando este poema para ti.

    Confieso que, en medio del temor,
    se está gestando una mejor versión de mí,
    una que quiere conocerte a ti.

  • Nocturno

    Entre tantas luces, no te veo.
    Con descarada impaciencia, te exclamó a gritos
    una corriente de aire, un silencio.

    Un bip inestable. Silencio.

    Escudriño entre las ventanas de la probabilidad,
    pero no quiero mirar, no quiero saber.
    El miedo desgarra mis deseos,
    impide que cree el núcleo donde florecer.

    En esta pequeña burbuja cubierta de utopía
    encuentro regocijo,
    aunque sea idílico, porque es idílico—lo sé.
    Pero hay destellos.

    Aquí, en Japón, eres mío,
    soy tuya,
    somos nuestros.
    Y es ahora.