Rumiando Mentes

Aquí no hay letras perfectas, pero hay de sentimientos todos. Transformando pensamientos en palabras

  • A ti, Alba,

    por recordarme que crear vida también es imaginarla.

    Y a quién, sin prometer nada,

    ha movido en mí las aguas quietas.

    Su amor —como marea suave—

    no arrastra,

    pero me empuja a orilla nueva,

    donde a veces me descubro

    con ganas de acunar lo mejor de los dos.

    ¿Será que soy una hipócrita?

    Tengo momentos de debilidad

    en los que comienzo a crearte,

    y otros días…

    reniego en voz alta de esa misma creación.

    Es una mezcla contradictoria:

    deseo latente, reprimido,

    y una negación consciente,

    de esas que suenan como decisión… pero duelen.

    No sé si soy capaz

    de crear algo tan perfecto

    como te he imaginado.

    Pero más allá de eso,

    no sé si soy capaz de sostener

    aquello en lo que estás destinada a convertirte.

    Tu existencia —aunque incierta—

    es la narrativa de un futuro

    que refleja lo mejor que hay en nosotros:

    en él,

    y en mí.

    Eres el legado que no quiero que pese,

    pero que necesitamos

    para no desvanecernos como fantasmas de nadie.

    Conozco tus talentos,

    porque son los de él.

    Conozco el color de tu piel,

    el tamaño de tus ojos,

    la forma de tus pequeñas manos.

    Y si cierro los ojos,

    puedo escuchar el tono de tu voz.

    En algún lugar del universo…

    ¿Escucharás cuando pronuncio tu nombre, Alba?

    ¿Será cierto el poder de la palabra?

    ¿Será tan fuerte

    como para atraerte?

    ¿Como para que nos elijas?

    Navego a la deriva de mi propia contradicción:

    del deseo de tenerte,

    y del miedo de tenerte.

    Y sé que solo necesito un empujón.

    Si tan solo él pronunciara tu nombre,

    te lucharía.

    Porque en este tiempo,

    no hay nada que desee más en el mundo

    que crear con él

    un futuro que combine lo mejor de nosotros.

    Y eso eres tú.

  • Hoy llevé la sonrisa

    colgada al pecho.

    Hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles.

    De los que parecen sueño,

    incluso para una sonámbula

    que aprendió a caminar entre mundos.

    Hoy me fui

    tres polos en tu dirección.

    Desperté con tu olor sobre la almohada

    y fue inevitable:

    pensé en su nombre.

    Y prometo que traté de contener

    esos anhelos que a veces escapan

    de la prisión de mis deseos conscientes.

    Pero hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles. 

    De los que no quiero que terminen.

    De los que me retienen

    con el solo hecho de saberte

    en la otra habitación.

    Hoy adornaste mi mañana

    con tu voz y un té.

    Y no supe si desear tu cuerpo,

    para sembrarte dentro de mí,

    o tu atención,

    para cuidar la raíz de esta fantasía.

    Hoy

    deseé con fuerza que dejaras la huella de lo posible.

    Y sin decirlo,

    deseé que la imaginaras también.

    Porque hoy

    recordé su nombre.

    Hoy fue uno de esos días.

    Ya sabes cuáles.

    En los que

    nos imaginé.

    Siendo tres. 

  • Vigilia

    Casi siempre hay una melodía

    sonando en mi cabeza antes de dormir.

    Contigo, el lenguaje es música:

    diferentes orígenes,

    distintos alfabetos del amor,

    pero una melodía que solo nosotros

    sabemos interpretar.

    Justo antes de cruzar

    las puertas del mundo etéreo

    donde todo escapa a mi control,

    tus palabras encuentran sentido,

    resuenan más fuerte en mí:

    te quiero.

    Ese eco me eleva

    y me ancla.

    Porque así eres tú:

    compartes la dualidad de mi signo

    a tu manera.

    Eres mi helio:

    me impulsas a imaginar el futuro.

    Eres mi ancla:

    me traes de vuelta al ahora.

    Estás en cada minuto del día,

    y aun así,

    se desliza tu presencia

    por cada rincón de mis pensamientos nocturnos,

    como un vigía silencioso

    haciendo su último rondín.

    Decir que eres mi último pensamiento

    no es táctica,

    ni semántica.

    Es un hecho.

    Me aferro a eso como a un mantra.

    Me da fuerza

    para empezar el día siguiente

    colgada de la fe,

    de la esperanza de que,

    cuando llegue el último aliento

    en el que compartamos el mismo oxígeno,

    seas tú quien esté a mi lado,

    sigas siendo mi último pensamiento,

    y siga sonando tu melodía

    en mi corazón.

  • Diente de león

    Pausa 2

    Soy como un revólver cargado en las manos de un tiritón.

    Acostumbrada a avivar mis propias cenizas

    para evitar que el fuego se extinga.

    Desde mi mente,

    un caballo desbocado aparece cada noche

    para recordarme lo que elegí olvidar.

    Y entonces, cruzamos tiempo y espacio:

    tú, cual Everest —

    magnífico, imponente, inmutable —

    destinaste tu mirada al torbellino que soy,

    estridente por naturaleza,

    salvaje, pasional.

    ¿Cómo lograste domar mi instinto de huir?

    Con tus pausas.

    Con tus evocaciones a la madurez.

    Has tomado entre tus manos un panal

    y lo convertiste en miel.

    Tus pausas hacen mella en mi propósito,

    como gota que agujerea la roca.

    Me has mostrado la calma que anhelaba,

    y que aún hoy,

    intento merecer.

    No me llenas la cabeza de piedrecitas,

    ni me dibujas castillos de algodón.

    En cambio,

    me sumerges en tu calma

    y marcas un tempo que no comprendo,

    pero que me da paz. 

    Abrazo tu singularidad,

    tu forma de amar.

    Y por primera vez,

    empiezo a entender algunas letras

    de este abecedario compartido,

    este lenguaje nuevo

    que está en construcción. 

    Pongo en pausa el camino.

    Medito. Rectifico.

    Rendida a tu norte.

    Guiada por tu luz,

    veo esperanza.

    Veo un campo lleno

    de dientes de león.

  • Manual de vuelo para una brújula rota 

    Pausa 1

    Alguna vez leí una frase sobre el amor.

    Era la reflexión de una chica acostumbrada a la batalla, a la alerta.

    Confesaba haber vivido entre drama y caos;

    ese ambiente, aunque hiriente, le resultaba familiar.

    El fuego del caos fue, por mucho tiempo,

    su chispa y su gasolina para salir de donde se crió.

    Pero ahora, frente al amor —

    frente al hombre de su vida —

    el corazón le da un vuelco.

    No sabe hacia dónde apuntar.

    Como una brújula descompuesta,

    sus latidos hacen eco en el pecho de ambos.

    Por un lado, él:

    todo fuego, ímpetu, lucha.

    Adrenalina quemando las venas.

    Por el otro, él también:

    paciente, sereno,

    hecho de bondad y rutinas,

    con una calma que a veces parece fría.

    Se cuestiona el propósito.

    El libre albedrío.

    ¿Quedarse con el fuego que aviva sus cenizas?

    ¿O arroparse en los brazos templados del otro?

    Pausa.

    ¿A quién le entregó el corazón?…

    -“Yo misma tengo mucho fuego.
    Lo que necesito es un diente de león en primavera:
    ese amarillo brillante que significa renacimiento,
    en lugar de destrucción.
    La promesa de que la vida puede continuar, sin importar lo malas que sean nuestra perdidas. 
    Que puede volver a ser buena.
    Y solo él puede darme eso.”-

  • Del amor y sus deseos 

    No todos los días es igual,

    y eso —aunque a veces cruel—

    lo hace más real.

    Mis afectos fluyen como río

    y encuentran su cauce en tu ser.

    Que te quiero ya no es confesión:

    he desnudado mi alma tan rápido,

    que me cuesta atrapar en el aire

    las palabras que escapan

    prisioneras de mis labios.

    Me quieres, lo sé,

    lo has dicho.

    Y aunque no todos los días es igual,

    aunque no siempre lo lea

    o te escuche pronunciar,

    los días en que ablandas el corazón

    me llegan

    como rayo en la tormenta.

    Te quiero. Cortinilla de entrada y salida.

    Te quiero. Aunque el silencio sea tu lenguaje.

    Te quiero. Apretando los dientes.

    Te quiero. Elevándome como humo.

    Te quiero. Todos los días te quiero.

    Te quiero, te quiero, te quiero…

    Y no es masoquismo,

    pero esperarte pronunciar,

    lo hace más real.

  • Alba.

    Para la posibilidad más luminosa: mi anhelada Alba.

    Aquí,

    nadie lleva prisa…

    excepto la vida misma.

    Son tus canas las que dibujan

    el imaginario de esta unidad que somos.

    Es el tiempo de la siembra

    quien cuestiona si mi campo aún es fértil.

    ¿Será el Alba de nuestros días

    lo que motive el reloj?

    Nos preparamos para tomar impulso

    ante la incertidumbre del oficio

    y sin embargo 

    un solo latido podría acobardarnos

    o germinar sentido

    en aquello que, al final,

    no nos vamos a llevar.

    Con el alma de una física que no fue,

    confieso:

    le temo al tiempo.

    Y a veces,

    sueño con ganarle…

    aunque sea por nueve meses.

    Pero aquí,

    nadie lleva prisa.

    El Alba 

    siempre llega

    cuando va a amanecer.

  • Preámbulo

    Las horas del reloj me señalan la salida.

    Apuntan hacia un norte que no quiero mirar.

    Cada minuto me aferra a ti,

    mientras en el coliseo de mi pecho

    se libra una batalla feroz:

    la paz contra el amor que me das.

    Presiento una despedida

    que nadie quiere pronunciar,

    pero que flota en el aire

    como la humedad que anuncia la tormenta.

    3:30

    y tengo todas las fibras hechas trizas,

    esperando…

    esperando si acaso esta será nuestra última conversación.

    Estoy invadida por emociones

    que creí haber desterrado de mi alma,

    sentimientos que juré dominar,

    y que hoy me tienen rendida.

    He cancelado mi rostro ante el mundo,

    porque no sé cómo explicar

    qué siento cuando estoy contigo,

    ni por qué me aferro

    a lo que a veces, para otros parece

    un espiral de autodestrucción.

    Suelto el control.

    Le cedo el volante a Dios,

    porque ya no estoy segura de nada.

    Porque dudo…

    de todo.

    Y aquí,

    esperando el veredicto final,

    me pregunto:

    ¿Tendremos el valor de apostarlo todo por esto?

    ¿O tomaremos el camino fácil,

    con la absurda esperanza

    de volver a encontrar una aguja en el pajar?

  • En par

    Tu existencia me siembra una duda:

    ¿Vinimos solos a esta tierra,

    o acaso el destino nos trajo en pares?

    Todo en ti y en mí es un vaivén de reflejos:

    un amor naciendo en manantiales secretos,

    y un temor… un temor al pensar en su sed.

    Tu sola presencia incendia mis ramas,

    pero es tu abrazo

    quien aquieta mis raíces.

    Eres campo fértil para mis sueños,

    aunque a veces,

    tu amor me llega como sequía.

    No importa en qué estación nos hallemos:

    tomarte de la mano…

    es suspender el tiempo,

    es ver cómo futuro y pasado

    se abrazan en un instante que huye.

    Yo, eterna nómada,

    hoy ansío habitar tu geografía.

    Tu existencia me devuelve la pregunta:

    ¿Venimos solos?

    ¿O siempre hemos sido

    dos mitades buscándose?

  • Dicotomía

    Dale gracias a tu acento,
    que me ancló en el limbo de la dicotomía:
    exudarte por los poros
    o empaparme de ti.

    Mis instintos intelectuales
    arañan la idea,
    pero al mismo tiempo
    me veo huyendo del hecho.
    Detrás del ritmo de tus palabras
    no logro descifrarte.

    ¿Debería soltarlo?
    ¿Es tan apremiante
    lo que hay al final del signo de interrogación,
    que vale el insomnio quedarme?

    Levantas más que el país.
    Levantas mis deseos más primigenios,
    incluso aquellos que rozan
    la filosofía no comprobada.

    La palabra no dicha
    me anida el cerebro,
    y hace de las suyas:
    proyecta una imagen
    de dos personas sin rostro.

    En este país de ideales partidos,
    los tuyos me abruman.
    Y me pregunto:
    ¿será suficiente el polvo
    que dejan nuestras conversaciones
    para volverse ceniza, chispa, llama?

    Veintiséis grados de alcohol
    y me doy cuenta:
    estoy coqueteando con la piromanía.
    ¿Cuáles son los límites de lo aceptable
    antes de que me quemen las yemas
    por recordar tus labios,
    tu lengua oscilando
    como péndulo?

    La dicotomía:
    ¿sentir la nada y dejarlo todo,
    o sentirlo todo
    y dejarte sin nada?

    Dale gracias a tus manos nobles,
    que conducen tu camino
    al asfalto de lo ecuánime.
    Dale gracias a tus ojos,
    que encontraron mi cultura en las pupilas.
    Dale gracias a tu mente,
    que hizo un agujero en la mía,
    por donde entra
    el olor de tu intelecto.

    Dale gracias a tu cuerpo,
    que con su semilla
    me fundió en la naturaleza de tu juego.
    Dale gracias a tu risa,
    que revienta como burbujas en mis oídos.
    Dale gracias a esta dicotomía:
    la de ser contigo poema,
    o alzar un monumento inerte
    a la estupidez en mi corazón.