Tengo miedo de pronunciar el final de los mundos.
De decir en voz alta que mi fe se agota,
que la espera me abre grietas en los huesos,
que lo amé como se ama a los dioses antiguos:
arrodillada y temblando.
He sido faro en la tormenta,
luz obstinada que guía a quien no quiere llegar.
He brillado por los dos,
he regado un jardín que se niega a florecer,
he nutrido con miel un corazón que solo sabe beber.
Y aún así lo amo.
Con la fe animal del que busca sentido en la oscuridad.
Su ausencia es una luna que no baja,
un hechizo que no se cumple.
Su regreso, un relámpago que parte el alma en dos.
Somos adictas
a un amor que corta como vidrio bajo el agua,
que promete eternidad
mientras nos desangra con paciencia.
Tengo miedo de reconocerlo:
esto no va a cambiar,
que su ternura es solo una sombra,
que es un niño asustado en el cuerpo de un hombre,
que no te sabe amar.
Y sin embargo,
cuando su pecho fue mi refugio,
todo el universo se detuvo.
Por un instante, supe lo que era la paz.
Ahora lo miro desde la orilla,
mientras mi propio fuego me devora las manos.
Cansada de sostener la llama.
Cansada de que solo tome, consuma y se apague.
Cansada de ser la ofrenda y la ceniza.
Pero en medio del dolor hay un respiro,
una verdad que me quiebra y me libera:
su amor no vino a matarme,
vino a mostrarme lo que soy capaz de dar.
Tengo miedo de decirlo en voz alta,
porque sé cuánto le amas,
porque sé cuánto lo amo.
Deja un comentario