Apareces justo cuando menos te necesito.
Al primer destello de tu sonrisa fugaz y burlona,
me esfuerzo por ignorarte
pero sé que vienes por mí.
Eres un accesorio sin intención,
y aún así
adornas demasiadas de mis decisiones.
He trabajado años construyendo caminos que te evadan,
pero empiezo a sospechar que tu existencia
sostiene, en secreto,
el relieve de mi carácter.
Te he encontrado
en lugares donde ni tu sombra cabía.
Te reconozco por el ritmo de tu paso,
por la forma en que me obligas a retroceder
y a perderme en la maraña de mis pensamientos,
rumiantes, incansables,
como si tú fueras pastora de todo lo no resuelto.
Llevo tanto tiempo huyéndote…
Y sin embargo, ahí estás.
Como ese pariente incómodo
que se instala en el sofá
aunque no le quepa el equipaje.
Te sientas a la mesa,
me miras con una certeza
que crees saber mejor que yo.
Pero hoy no te voy a pelear.
Entra.
Desbórdame.
Inúndame.
Hazme sentir
todo eso que vine posponiendo.
¿Por qué me has elegido como tu morada?
Me ha costado años
abrirte la puerta así.
Pero ahora lo sé:
por fin lo entiendo.
Culpa, siéntate.
Tomemos un café.
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