Casi siempre hay una melodía
sonando en mi cabeza antes de dormir.
Contigo, el lenguaje es música:
diferentes orígenes,
distintos alfabetos del amor,
pero una melodía que solo nosotros
sabemos interpretar.
Justo antes de cruzar
las puertas del mundo etéreo
donde todo escapa a mi control,
tus palabras encuentran sentido,
resuenan más fuerte en mí:
te quiero.
Ese eco me eleva
y me ancla.
Porque así eres tú:
compartes la dualidad de mi signo
a tu manera.
Eres mi helio:
me impulsas a imaginar el futuro.
Eres mi ancla:
me traes de vuelta al ahora.
Estás en cada minuto del día,
y aun así,
se desliza tu presencia
por cada rincón de mis pensamientos nocturnos,
como un vigía silencioso
haciendo su último rondín.
Decir que eres mi último pensamiento
no es táctica,
ni semántica.
Es un hecho.
Me aferro a eso como a un mantra.
Me da fuerza
para empezar el día siguiente
colgada de la fe,
de la esperanza de que,
cuando llegue el último aliento
en el que compartamos el mismo oxígeno,
seas tú quien esté a mi lado,
sigas siendo mi último pensamiento,
y siga sonando tu melodía
en mi corazón.
