A ti, Alba,
por recordarme que crear vida también es imaginarla.
Y a quién, sin prometer nada,
ha movido en mí las aguas quietas.
Su amor —como marea suave—
no arrastra,
pero me empuja a orilla nueva,
donde a veces me descubro
con ganas de acunar lo mejor de los dos.
–
¿Será que soy una hipócrita?
Tengo momentos de debilidad
en los que comienzo a crearte,
y otros días…
reniego en voz alta de esa misma creación.
Es una mezcla contradictoria:
deseo latente, reprimido,
y una negación consciente,
de esas que suenan como decisión… pero duelen.
No sé si soy capaz
de crear algo tan perfecto
como te he imaginado.
Pero más allá de eso,
no sé si soy capaz de sostener
aquello en lo que estás destinada a convertirte.
Tu existencia —aunque incierta—
es la narrativa de un futuro
que refleja lo mejor que hay en nosotros:
en él,
y en mí.
Eres el legado que no quiero que pese,
pero que necesitamos
para no desvanecernos como fantasmas de nadie.
Conozco tus talentos,
porque son los de él.
Conozco el color de tu piel,
el tamaño de tus ojos,
la forma de tus pequeñas manos.
Y si cierro los ojos,
puedo escuchar el tono de tu voz.
En algún lugar del universo…
¿Escucharás cuando pronuncio tu nombre, Alba?
¿Será cierto el poder de la palabra?
¿Será tan fuerte
como para atraerte?
¿Como para que nos elijas?
Navego a la deriva de mi propia contradicción:
del deseo de tenerte,
y del miedo de tenerte.
Y sé que solo necesito un empujón.
Si tan solo él pronunciara tu nombre,
te lucharía.
Porque en este tiempo,
no hay nada que desee más en el mundo
que crear con él
un futuro que combine lo mejor de nosotros.
Y eso eres tú.