Las horas del reloj me señalan la salida.
Apuntan hacia un norte que no quiero mirar.
Cada minuto me aferra a ti,
mientras en el coliseo de mi pecho
se libra una batalla feroz:
la paz contra el amor que me das.
Presiento una despedida
que nadie quiere pronunciar,
pero que flota en el aire
como la humedad que anuncia la tormenta.
3:30
y tengo todas las fibras hechas trizas,
esperando…
esperando si acaso esta será nuestra última conversación.
Estoy invadida por emociones
que creí haber desterrado de mi alma,
sentimientos que juré dominar,
y que hoy me tienen rendida.
He cancelado mi rostro ante el mundo,
porque no sé cómo explicar
qué siento cuando estoy contigo,
ni por qué me aferro
a lo que a veces, para otros parece
un espiral de autodestrucción.
Suelto el control.
Le cedo el volante a Dios,
porque ya no estoy segura de nada.
Porque dudo…
de todo.
Y aquí,
esperando el veredicto final,
me pregunto:
¿Tendremos el valor de apostarlo todo por esto?
¿O tomaremos el camino fácil,
con la absurda esperanza
de volver a encontrar una aguja en el pajar?
