En todos los rincones, en cada recoveco
encuentas la forma de colarte.
No importa si el día está soleado
o si el calor es seco:
eres como la humedad,
casi puedo sentir en las yemas de mis dedos
el vaho de nuestro último beso.
Como la humedad, trazas camino
al dulce monte que se inquieta
por el recuerdo de tu lengua.
Pequeñas gotas de rocío
caen sobre mi cabeza
y, de inmediato, me encuentro divagando
sobre dónde estaríamos
si te hubiera dedicado una mirada,
con ganas de arrancar el “hubiera”
de mi lengua para no pronunciarlo.
A veces pasan los días
y creo haber salido adelante
de este triángulo,
pero luego vuelves
como la humedad.
